martes, 24 de noviembre de 2015

CONCIENCIA CORPORAL: CONECTAR



En esto consiste la conciencia corporal, en echar raíces fuertes para anclarnos a nuestra realidad interior y dejar de tergiversar la realidad exterior; es sentir con el pensamiento corporal, observar cómo reaccionamos dentro ante lo que viene de fuera, conectar la mente con el cuerpo y las emociones, silenciar las justificaciones, las interpretaciones, los victimismos, las subjetividades, los engaños que crea nuestra razón para evitarnos el sufrimiento o para intentar saciar nuestros deseos al instante.

Consiste en experimentar y reconocer lo que nos hace sentir bien y también lo que  nos angustia,  en un ejercicio de máxima sinceridad con nosotras mismas donde lo socialmente bien visto y lo políticamente correcto no tienen cabida, donde conectamos con nuestras pulsiones, nuestros instintos, bajezas, deseos auténticos e inconfesables, nuestra fiereza, nuestra ternura, nuestra compasión... En definitiva, es conectar con nuestra esencia animal. Las mujeres tenemos suerte porque tenemos más capacidad para hacerlo, no en vano estamos más conectadas con la vida y con nuestro cuerpo. Llevamos ese potencial aunque al ser absorbidas y adaptadas al mundo patriarcal lo perdemos en gran medida. Entramos en la política, en la educación superior, en la empresa... y nos adaptamos a sus normas patriarcales alejándonos de nuestra esencia ancestral de mujer.



Pero la conciencia corporal no sólo nos conecta con nuestro cuerpo y nuestras emociones, también nos permite identificar nuestras fortalezas y nuestras debilidades, descubrir además nuestros dones. Este contacto con nosotras mismas nos permitirá ver la realidad exterior tal como es y gracias a ello podremos discernir, elegir y dirigirnos hacia nuestro propósito real en la vida, eso que nos hace florecer como personas, eso que nos hace sacar el máximo partido de nuestros dones. 

Todas tenemos dones, aunque nuestro pensamiento racional en algunas de nosotras los desconozca. Conectar con el pensamiento corporal, liberarnos de la subjetividad nos ayuda a encontrarlos.

Y cuando todo esto se entiende, la vida ya vivida cobra sentido y el presente deja de hacernos daño. Una vez lo comprendemos ya no hay vuelta atrás. La claridad nos invade.

Sin esta claridad, una parte de nuestro pensamiento idealiza la realidad para intentar satisfacer nuestros deseos de sentirnos bien o acompañados y en el caso de la pareja toma lo primero que pilla, lo que le parece menos malo y crea una imagen transformada e ideal para que nuestro deseo se apegue a ello. Nos confunde pensando que eso es amor, pero todo lo que no nos haga florecer y nos limite no puede serlo, es tan sólo un sentimiento producto de la razón necesario para calmar la emoción del vacío que nos provoca "la soledad", una soledad que no es otra cosa que la desconexión con nuestro pensamiento corporal, con nuestra verdadera sabiduría. Con claridad elegimos a un compañero que transita por su propio camino junto al nuestro, no a un ser al que apegarnos.



La razón hace lo que tiene que hacer, para evitarnos el sufrimiento instantáneo, calmarnos la ansiedad, pero este mecanismo nos impide conectar con la realidad y comprender. Nuestro pensamiento corporal, por el contrario, no se engaña y sabe que no florecemos, acumula la verdadera sabiduría de la experiencia, por eso sabe que giramos en círculos viciosos dañinos. Si este pensamiento o mejor dicho, si esta sabiduría está desconectada de la razón, será esta ultima la que domine y promueva los actos que ella misma proponga sin escuchar al pensamiento más básico y ancestral. La razón no es nuestra enemiga, pero puede serlo si está desconectada. Los motivos que provocan la desconexión están en nuestra infancia, en lo que nos transmite nuestra madre a su vez desconectada y una sociedad patriarcal que tiene pensado para la mujer un papel de sacrificio que nos impide poner el foco en nosotras mismas. 

Tenemos que conocer la parte racional de nuestro pensamiento, identificar sus mecanismos para ser capaces de silenciarlo de forma que el foco de toda nuestra mente se dirija hacia lo más básico que hay en nosotros: cuerpo y emociones.

No es un ejercicio sencillo porque la función de la razón es anestesiarnos constantemente y cuanto más hemos vivido sin entender todo esto, más familiarizadas estamos con el control que ejerce constantemente esta parte del pensamiento. Su resistencia siempre será mayor cuanto mayor y más largo haya sido su papel dominante en nuestra vida.

Pero a la razón no podemos dejarla sin papel cuando renacemos en la conciencia corporal, sería como prescindir de su potencial, tal y como hemos prescindido del potencial del pensamiento corporal hasta este momento de revelación en nuestra vida. Necesitamos transformarla para que trabaje en nuestro propósito en la vida de la mano de nuestro pensamiento corporal. En realidad la razón es la única parte del pensamiento que se reconoce a sí misma y que puede silenciarse: entrenémosla para ello.



El papel del pensamiento corporal es crear nuestra sabiduría. Acumula lo que está en nuestros genes, nuestro instinto (lo que nos conforta el tacto de otro ser humano, lo que nos asusta el trueno, lo que nos calma el mar o el bosque) pero también todo lo aprendido (que nos guste el pan y no el hígado de los animales, que nos guste más la novela que la poesía, que nos de miedo volar o nos encante... Depende de la experiencia de cada una). Somos una parte instinto y una inmensa parte lo aprendido gracias a la experiencia. Cuanto más experimentamos más aprendemos, más sabiduría almacenamos y más podemos crecer. Y esta certeza es un arma de doble filo porque cuanto más vivimos desconectadas, más tiempo le damos a la razón para sofisticarse y diversificarse en el arte del engaño y a la vez más experiencia y sabiduría almacena nuestra conciencia corporal. Y ese conocimiento almacenado en una vida atormentada que necesita constantemente la anestesia de la razón puede devenir en enfermedades de todo tipo, mentales o corporales (si nuestra mente es fuerte), o incluso en la muerte. El dolor y el sufrimiento que producen las experiencias negativas se acumula una y otra vez sin dejar nunca de hacerlo. Si la razón está desconectada del dolor, no sabe como evitar todo aquello que nos daña, no lo evita porque sólo sabe tergiversarlo, idealizarlo para soportarlo. Deja que se acumule sin remedio porque no sabe elegir lo que le hace bien o incluso tiene preferencia por lo que le hace mal porque es lo familiar. Pero ese dolor está ahí, sumado, agregado, acumulado, en gruesas capas, no es experimentado pero tiene que doler y acaba doliendo en lo orgánico, nuestra materia con la que nuestra sabiduría corporal sí está conectada. 

De ahí la urgencia de tomar en serio el sufrimiento y actuar, buscar, anhelar la sanación sobre cualquier otra cosa. Cuando buscas y tu energía la focalizas en esa búsqueda, encuentras y la búsqueda al final te lleva a conectar con la sabiduría corporal. No hay otro camino seguro que conduzca a la sanación. No hay atajos ni alternativas.

Conectar es el paso más importante, es el primero, el origen del renacimiento, pero no es el único ni el último. Este camino se transita hasta el ultimo aliento. 

El siguiente paso es si cabe más difícil y de ahí que darlo dependa de nuestra convicción y deseo de sanación. Consiste en soltar todo aquello que nos lastra, que nos hace sufrir, que nos impide florecer. Porque todo en la vida pasa, pasa la infancia, pasa la juventud, pasan los padres, los novios, los hijos... Cuanto menos nos cueste soltar, menos tiempo nos quedaremos dentro del círculo vicioso y más floreceremos. Soltar lo tendremos que hacer hasta el último segundo de nuestra vida. En ese instante habremos soltado todo, incluso nuestra propia conciencia.



La conciencia sólo habita el presente, el ahora. Estar conectada tiene que suceder en el presente, en este momento y en el momento futuro cuando se convierta en presente. Sólo el presente es consciente. Sólo el presente es real. Nos puede tocar una vida longeva o podemos morir al nacer. Ese será nuestro tiempo, una sucesión de momentos presentes, de momentos conscientes. Sin conciencia no existe la realidad, sin conciencia, el tiempo es infinito y no existe.


Si lo necesitas, no lo pospongas: busca el camino y vive conectada cada momento de tu vida. Florece.

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